La Declaración de Independencia

Una declaración unánime de los trece Estados Unidos de América, Cuando en el curso de los eventos humanos se hace necesario para un pueblo disolver los vínculos políticos que lo han ligado a otro y tomar entre las naciones de la tierra el puesto separado e igual a que las leyes de la naturaleza y el Dios de esa naturaleza le dan derecho, el respeto debido a la opinión de la humanidad exige que declare las causas que lo impulsan a la separación.
Sostenemos como evidentes estas verdades: que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos derechos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad; que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados; que cuando quiera que una forma de gobierno se haga destructora de estos principios, el pueblo tiene el derecho a reformarla o abolirla e instituir un nuevo gobierno que se funde en dichos principios, y a organizar sus poderes en la forma que a su juicio ofrecerá las mayores probabilidades de alcanzar su seguridad y felicidad. La prudencia, en efecto, dictará que los gobiernos establecidos desde hace mucho tiempo no deben ser cambiados por causas ligeras y pasajeras; y, en efecto, toda la experiencia ha demostrado que la humanidad está más dispuesta a padecer, mientras los males sean tolerables, que a hacerse justicia aboliendo las formas a que está acostumbrada. Pero cuando una larga serie de abusos y usurpaciones, dirigida invariablemente al mismo objetivo, demuestra el designio de someter al pueblo a un despotismo absoluto, es su derecho, es su deber, derrocar ese gobierno y establecer nuevos resguardos para su futura seguridad. Tal ha sido el paciente sufrimiento de estas colonias; tal es ahora la necesidad que las obliga a reformar su anterior sistema de gobierno. La historia del actual Rey de la Gran Bretaña es una historia de repetidos agravios y usurpaciones, encaminados todos directamente hacia el establecimiento de una tiranía absoluta sobre estos estados. Para probar esto, sometemos los hechos al juicio de un mundo imparcial.
Él ha rehusado dar su consentimiento a leyes, las más saludables y necesarias para el bien público.
Él ha prohibido a sus gobernadores aprobar leyes de importancia inmediata y urgente, a menos que su ejecución quedase suspendida hasta obtener su consentimiento; y, estando así suspendidas, ha descuidado por completo atenderlas.
Él ha rehusado aprobar otras leyes para la conveniencia de grandes distritos de personas, a menos que esas personas renuncien al derecho de representación en la legislatura, derecho inestimable para ellas y solo temible para los tiranos.
Él ha convocado cuerpos legislativos en lugares inusuales, incómodos y distantes del depósito de sus archivos públicos, con el único propósito de fatigarlos hasta que accedieran a sus medidas.
Él ha disuelto repetidamente cámaras de representantes por oponerse con firmeza varonil a sus invasiones a los derechos del pueblo.
Después de tales disoluciones, él ha rehusado por largo tiempo que se elijan otras, por lo cual los poderes legislativos, incapaces de ser aniquilados, han regresado al pueblo en general para su ejercicio; quedando el Estado, entretanto, expuesto a todos los peligros de invasión desde fuera y convulsiones internas.
Él ha procurado impedir la población de estos Estados, obstruyendo para tal fin las leyes de naturalización de extranjeros, rehusando aprobar otras para fomentar su migración acá y elevando las condiciones de nuevas apropiaciones de tierras.
Él ha obstruido la administración de justicia al rehusar dar su consentimiento a leyes para el establecimiento de poderes judiciales.
Él ha hecho que los jueces dependan solo de su voluntad para la duración de sus cargos y el monto y pago de sus salarios.
Él ha creado una multitud de nuevos cargos y ha enviado hasta aquí enjambres de empleados para molestar a nuestro pueblo y consumir sus recursos.
Él ha mantenido entre nosotros, en tiempos de paz, ejércitos permanentes sin el consentimiento de nuestras legislaturas.
Él ha procurado hacer al poder militar independiente y superior al poder civil.
Se ha combinado con otros para someternos a una jurisdicción extraña a nuestra constitución y no reconocida por nuestras leyes, dando su consentimiento a sus actos de pretendida legislación:
Para acuartelar grandes cuerpos de tropas armadas entre nosotros;
Para protegerlas, mediante juicios simulados, de castigos por cualquier asesinato que cometieran contra los habitantes de estos Estados;
Para cortar nuestro comercio con todas las partes del mundo;
Para imponernos impuestos sin nuestro consentimiento;
Para privarnos, en muchos casos, de los beneficios del juicio por jurado;
Para transportarnos más allá de los mares para ser juzgados por supuestos delitos;
Para abolir el sistema libre de leyes inglesas en una provincia vecina, estableciendo allí un gobierno arbitrario y ampliando sus límites para convertirla en ejemplo e instrumento para introducir la misma regla absoluta en estas colonias;
Para quitar nuestras cartas, abolir nuestras leyes más valiosas y alterar fundamentalmente las formas de nuestros gobiernos;
Para suspender nuestras propias legislaturas y declararse investidos con poder para legislar por nosotros en todos los casos que fuera.
Él ha abdicado el gobierno aquí, declarando que estamos fuera de su protección y haciéndonos la guerra.
Él ha saqueado nuestros mares, asolado nuestras costas, incendiado nuestras ciudades y destruido la vida de nuestro pueblo.
En este momento transporta grandes ejércitos de mercenarios extranjeros para completar las obras de muerte, desolación y tiranía ya comenzadas, con circunstancias de crueldad y perfidia apenas igualadas en las épocas más bárbaras, y totalmente indignas del jefe de una nación civilizada.
Él ha obligado a nuestros conciudadanos capturados en alta mar a tomar armas contra su país, a convertirse en verdugos de sus amigos y hermanos, o a morir a manos de estos.
Él ha excitado insurrecciones domésticas entre nosotros y ha procurado atraer contra los habitantes de nuestras fronteras a los indios salvajes y despiadados, cuyo conocido método de hacer la guerra es la destrucción indiscriminada de todas las edades, sexos y condiciones.
En cada etapa de estas opresiones, hemos pedido justicia en los términos más humildes: a nuestras repetidas peticiones se ha contestado solamente con repetidos agravios. Un Príncipe, cuyo carácter está así señalado con cada uno de los actos que pueden definir a un tirano, no es digno de ser el gobernante de un pueblo libre.
Tampoco hemos dejado de dirigirnos a nuestros hermanos británicos. Los hemos prevenido de tiempo en tiempo de las tentativas de su poder legislativo para englobarnos en una jurisdicción injustificable. Les hemos recordado las circunstancias de nuestra emigración y radicación aquí. Hemos apelado a su innato sentido de justicia y magnanimidad, y los hemos conjurado, por los vínculos de nuestro parentesco, a repudiar esas usurpaciones, las cuales interrumpirían inevitablemente nuestras relaciones y correspondencia. También ellos han sido sordos a la voz de la justicia y de la consanguinidad. Debemos, pues, convenir en la necesidad, que establece nuestra separación y considerarlos, como consideramos a las demás colectividades humanas: enemigos en la guerra, en la paz, amigos.
Por lo tanto, los Representantes de los Estados Unidos de América, convocados en Congreso General, apelando al Juez Supremo del mundo por la rectitud de nuestras intenciones, en nombre y por la autoridad del buen pueblo de estas Colonias, solemnemente hacemos público y declaramos: que estas Colonias Unidas son, y por derecho deben ser, Estados Libres e Independientes; que quedan libres de toda lealtad a la Corona Británica, y que toda vinculación política entre ellas y el Estado de la Gran Bretaña queda y debe quedar totalmente disuelta; y que, como Estados Libres o Independientes, tienen pleno poder para hacer la guerra, concertar la paz, concertar alianzas, establecer el comercio y efectuar los actos y providencias a que tienen derecho los Estados independientes.
Y en apoyo de esta Declaración, con absoluta confianza en la protección de la Divina Providencia, empeñamos mutuamente nuestras vidas, nuestras fortunas y nuestro sagrado honor.
Georgia
Button Gwinnett
Lyman Hall
George Walton
Carolina del Norte
William Hooper
Joseph Hewes
John Penn
Carolina del Sur
Edward Rutledge
Thomas Heyward, Jr.
Thomas Lynch, Jr.
Arthur Middleton
Maryland
Samuel Chase
William Paca
Thomas Stone
Charles Carroll of Carrollton
Virginia
George Wythe
Richard Henry Lee
Thomas Jefferson
Benjamin Harrison
Thomas Nelson, Jr.
Francis Lightfoot Lee
Carter Braxton
Pensilvania
Robert Morris
Benjamin Rush
Benjamin Franklin
John Morton
George Clymer
James Smith
George Taylor
James Wilson
George Ross
Delaware
Caesar Rodney
George Read
Thomas McKean
Nueva York
William Floyd
Philip Livingston
Francis Lewis
Lewis Morris
Nueva Jersey
Richard Stockton
John Witherspoon
Francis Hopkinson
John Hart
Abraham Clark
Nueva Hampshire
Josiah Bartlett
Matthew Thornton
William Whipple
Massachusetts
Samuel Adams
John Adams
John Hancock
Robert Treat Paine
Elbridge Gerry
Rhode Island
Stephen Hopkins
William Ellery
Connecticut
Roger Sherman
Samuel Huntington
William Williams
Oliver Wolcott